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Después del cristianismo, nada ha producido un cambio tan
radical
en el pensamiento europeo como la presencia de América. Hasta el
día anterior a la revelación del Nuevo continente, la
tierra
podía considerarse como obra de los dioses, pero era una obra manca,
inconclusa; una máquina de maravilla. . . a la cual le faltaba
una
pieza esencial. Era el planeta a medias, y de esto estaban conscientes
algunos sabios. Un planeta incomprensible a la razón, vecino a
la
fábula y al mito. Cuando Vespucci se dio cuenta de la existencia
de un continente distinto de los tres ya conocidos y con la más
natural de las sorpresas propuso que se lo llamara el Nuevo Mundo, se
quedó
corto en la expresión. Nuevo iba a ser, desde entonces, no
sólo
ese enorme trozo de tierra que él anunciaba – equilibrio del
otro
hemisferio – sino el mundo entero.
Nueva iba a ser Europa, nuevo el Occidente,
nuevo el ámbito en que iba a moverse la imaginación del
hombre.
Siendo incompleto el conocimiento de la esfera,
todo terminaba para el Occidente frente a las columnas
de
Hércules.
La ciencia tenía obstruido su camino esencial, se hallaba
detenida.
La era de la razón no hubiera podido ocurrir antes de
Colón.
El filósofo antiguo, como hombre de ciencia, se movía
dentro
de los límites más estrechos. Su razón erraba en
las
tinieblas,
y se veía forzado a trabajar con el instinto, a la aventura.
Era poco menos que irracional. Con el viaje de 1492 el hombre de
Occidente
se realiza, entra a la realidad. El cambio geográfico que se
produce
está destinado a alterar la teoría del universo aceptada
por los sabios. América libera el pensamiento europeo, lo
redime.
Es la primera operación mágica que se desprende de su
presencia
en el horizonte occidental, desmesuradamente dilatado. América
hace
posible a Copérnico,
Galileo, Descartes. Sin ese campo de experimentación, virgen
hasta
entonces, sin esa base física para el trabajo de la
inducción
fecunda, jamás hubieran podido comprobarse teorías que
hoy
nos son familiares y sin las cuales la ciencia continuaría
siendo
una bella durmiente. Los sabios no hubieran podido formularlas. En el
destino
de América, como Nuevo personaje de la edad moderna, queda
comprendido
el haber hecho posible la aparición de esos grandes hombres,
corona
del Renacimiento, precursores de los tiempos que hoy vivimos. Hasta
dónde
se aprovechó, en qué medida y en qué fechas,
nuestro
propio planeta entonces revelado, es asunto por explorar. No puede
negarse
esta evidencia una vez que pudo dársele la vuelta al globo, todo
lo demás se abrió camino.
El descubrimiento ha podido ocurrir un siglo antes o un siglo
después.
El Colón que tuviera coraje
suficiente para poner el pie en la otra
orilla del Atlántico ha podido aparecer en cualquier momento de
la edad madura. Edad madura, porque cuanto se hizo antes, en tiempos de
ninguna grande expectativa comercial -- pensamos en los vikingos,
quedó escrito en el agua, perdido en el silencio infinito de las
edades cautivas. Si el Colón imaginario no hubiera sido el real
de 1492, se habría corrido el meridiano de las ideas o cien
años
antes o cien años después y, o estaríamos
más
avanzados, o viviríamos con un siglo de retraso. Bertrand
Russell, con el orgulloso individualismo de su flema sajona, al
trazar
el esquema de la evolución científica, no vaciló
al
decir que hay hombres singulares – aventureros, aventurados,
bienaventurados
– que abren los caminos. “Si, para ser más exactos,
borráramos
de la historia del pensamiento europeo unos cien nombres,
todavía
andaríamos por los laberintos de la Edad Media.”
¿Por qué fue posible Colón? ¿Por qué
al abrir él la pista del Atlántico la convirtió en
la más rendidora
para las naves de Europa? Cuánto oro, plata,
perlas, esclavos, tabaco, palo brasil – las riquezas de entonces –
comenzaron
transportar, ahí mismo, las naves de España haciendo
tráfico
legítimo, y . . . las de Francia u Holanda, de contrabando.
Cuánto
las de Drake, Hawkins o Ralegh, precursoras del imperio
británico.
O las de Portugal, que al fundar en Brasil la América Lusitana
duplicaron
el tamaño de su imperio. Todo esto, y lo que vino luego, han
sido
la obra maestra de la burguesía. En 1500 ya estaba orientado el
mundo por hombres de vocación mercantil. Ellos habían
capacitado
a cada nación para aprovechar las exploraciones marítimas
y ponerlas al servicio de la burguesía adulta, motor de las
grandes
expediciones. La presencia de América aceleró el proceso
histórico. Europa pensó con mayor rapidez. Se introdujo
un
nuevo tiempo, un horario distinto, hasta donde lo permitió la inercia
heredada de siglos. Ocurrió un despegarse de la
economía
universal . . . Comenzó en Europa lo que debería llamarse
la Era Americana.
Como tantas otras veces, entonces la razón y la magia se
enfrentaron.
Ha sido la constante en el caso europeo. Filósofos,
cosmógrafos,
poetas, dialogadores peripatéticos, novelistas de la
antigüedad,
con ciencia y ficción lucharon por llenar el vacío
secular
en que estaba envuelto el mundo predilecto de los dioses.
Moviéndose
en planos ideales formulaban ellos teorías contradictorias,
fabricaban
imagines arbitrarias. Había ciencia, pero una ciencia montada en
el aire. Veinte siglos antes de Colón, caldeos, egipcios,
griegos,
buscaron soluciones científicas . . . pero acabaron por rendirse
ante la magia. El mismo Bertrand Russell dice: “Los griegos miraban al
mundo más como poetas que como científicos, en parte
porque
toda actividad manual era para ellos impropia de un caballero, y
así,
todo estudio que requiere experimentación, les parecía un
tanto vulgar. Quizás sería el caso de conectar este
prejuicio
con el hecho de que el departamento en que los griegos hicieron mayores
progresos científicos fue la astronomía, que trata de
cuerpos
que sólo pueden ser vistos y no tocados.”
En cuanto América aparece, cambian las dimensiones de la tierra,
las posibilidades del experimento. La esfera que algunos
presentían,
materialmente se revela, y duplica su tamaño. Pero más
que
esta comprobación física, lo esencial es la
progresión
geométrica en que se desenvuelven los horizontes del
pensamiento.
La esfera intelectual no se multiplica por dos sino por ciento. Lo que
sigue de la historia – hoy la vemos con una perspectiva de quinientos
años
– es fascinante. Europa y sus sabios entran a vivir su nuevo mundo – el
nuevo mundo europeo que existe por América. Tienen a la vista la
totalidad de su planeta. ¡Magallanes
le da la vuelta! Y, sin embargo, son más los que dudan que los
que
reconocen. ¡Bienaventurados sean los cavilosos! A la ciencia
sigue
deteniéndola, hasta más allá de la razón,
lo
de Santo Tomás. Mientras el sabio no mete el dedo en la herida,
no cree. Así, la magia no muere. Ni en el siglo de la
razón.
Es más porfiada y sostenida que la duda. Quienes estaban por la
ciencia tenían que ir a verlo todo – Cook, La Condamine,
Humboldt
. . . Quienes estaban por la magia, manejaban en secreto, manejan hoy,
ciencias ocultas. Fabricaban sus propias divinidades.
En la Enciclopedia de Diderot
En 1751 se inicia la publicación de la Enciclopedia – Summa
del
pensamiento del Siglo de las Luces, monumento erigido a la
Razón,
primer principio de la Revolución Francesa, compendio de los
conocimientos
de la Europa Ilustrada. Allí, a la palabra “América” se
conceden
cincuenta líneas – la cuarta parte de un página --
y a “Alsacia” un espacio dieciocho veces mayor. América no
valía
un dieciochavo de Alsacia. Las dos palabras están registradas en
el primer volumen. A medida que la obra fue avanzando se reveló
en tal forma lo americano en palabras de geografía, historia,
plantas,
animales, ciudades . . . que al redactarse el Suplemento, años
después,
se ve la necesidad de revisar la información original, y se
presenta
de nuevo la palabra “América” en un artículo que ocupa
diecinueve
páginas. Comienza así: “La historia del mundo no ofrece
quizás
acontecimiento más singular a los ojos de los filósofos
que
el descubrimiento del nuevo continente que, con los mares que lo
rodean,
forma todo un hemisferio de nuestro planeta, del cual los antiguos no
conocieron
sino 180 grados de longitud, que aún podrían reducirse a
130 por rigurosa deducción, pues tal es el error de Ptolomeo,
cuando
sitúa la desembocadura del Ganges en el grado 148, y los
astrónomos
modernos la fijan alrededor de 108, es decir: que Ptolomeo lleva un
exceso
de 40 grados, no pareciendo haber tenido idea de lo que va más
allá
de Indochina, término oriental del mundo entonces conocido.”
No hay que sorprenderse de estas vacilaciones y contradicciones de
la Enciclopedia. El hombre del siglo VXI descubre que con el continente
americano y el mar Pacífico, el pequeño mundo que
imaginaron
los griegos –y en que Colón seguía pensando – se
convierte
en este globo inmenso que va a ser objeto de las más atrevidas
exploraciones.
Y sin embargo, los ingleses demoran cien años antes de
aventurarse
a establecer – forzados por emergencias religiosas – sus primeras
colonias
en la América del Norte. Los enciclopedistas del primer momento,
los de 1751, al despachar el tema en 50 líneas, no
parecían
haberse dado cuenta de lo que había ocurrido. . .
Aceptando que la ciencia de los griegos fuera sideral, era ciencia.
Y quizás, más segura fue la anterior de egipcios y
caldeos.
En todo caso, las especulaciones de los filósofos griegos,
partiendo
de estudios tan penetrantes como los de Aristarco de Samos, Seleucos de
Babilonia o Pitágoras, contrastan por su mayor
aproximación
a la realidad con las Summas Teologicas de la Edad Media.
Después
de todo, los
griegos
inventaban y manejaban a sus dioses para ponerlos al servicio de su
inteligencia, en tanto que en la Edad Media eran especulaciones
metafísicas,
arrulladas al nacer, y adormecidas por la sinfonía
mística
de la Revelación y de la Gracia. El apagón que se produce
en Occidente a la caída del Imperio Romano precipita en las
tinieblas
las conquistas de la ciencia antigua.
Aristarco de Samos formuló, mil ochocientos años antes
de Copérnico, la hipótesis de que la tierra es un planeta
que gira dentro de un sistema de conjunto, moviéndose al mismo
tiempo
sobre su eje y alrededor del sol. El tiempo que corre de Aristarco a
Copérnico
representa dieciocho siglos de silencio, y de miedo. El desperdicio es
apenas concebible. Las riquezas acumuladas por la ciencia de caldeos,
egipcios,
griegos, quedan congeladas en un paréntesis que viene a cerrarse
el día en que Colón declara abierto el camino del mar de
los Sargazos y Amerigo Vespucci anuncia la aparición del
continente
que se pensaba sumergido.
Todavía hay quienes se maravillan de que el mensaje de Vespucci
produjera mayor efecto que el de Colón y se hubiera dado al
Nuevo
Mundo el nombre de América en vez de Colombia. La
explicación
no es difícil. Colón comprobó que el
pequeño
mundo de los griegos era, como muchos lo pensaban, esférico. Con
una sola variante: que el temido mar tenebroso de escollos y
lodo era
limpio
y navegable. Salía valedero Toscanelli. Así, el
genovés
pudo decir: he llegado al Japón. El mensaje de Vespucci era muy
distinto: se refería a otro continente. Con esto se agrandaba al
doble el tamaño de la esfera. Esto sí era noticia y
revolucionaba
las ideas preconcebidas.1 Fueron mucho más sagaces y
entendidos
unos frailes o canónigos desconocidos, de la Abadía de
Saint
Dié, cuando realizaron la magnitud del anuncio e inventaron el
nombre
de América, que se impuso enseguida. Fue mucho más alerta
el editor veneciano que dio el título de Mundus Novus a la carta
de Vespucci. Ellos también se dieron cuenta de lo que
significaba
la noticia, y no quienes a lo largo de cuatrocientos años han
arrojado
ciegamente basura sobre el nombre de Vespucci.2
De la ciencia-ficción griega a la novela medieval
El poético encanto de la invención de
Atlántida,
y su espantable final, presentados por Platón
en un libro precursor de la Ciencia Ficción, impresionaron por
siglos
a los navegantes griegos y a quienes les sucedieron. El realismo de las
imagines se impuso. En los diálogos de Timeo y Critias aparece
la
Atlántida como un continente fabuloso, primero formidable y
prepotente,
luego hundido en uno de los mayores cataclismos que hayan registrado la
literatura o el periodismo universales. En el espacio de un día
y una noche el mar se tragó la Atlántida, y la dilatada
isla
se convirtió en un mar erizado de escollos, intransitable. Eso,
y los bajos fondos cenegosos
de que habla la novela platónica, cerraron
todo intento de cruzar el Atlántico. El pavor duró veinte
siglos.
Lo más notable del libro de Platón no es la idea de la
Atlántida: es la ficción de otro continente, otro mundo,
otro océano presentidos. Continente, mundo, océano en
parte
inventados sobre aproximaciones científicas de sabios antiguos,
en parte tomados de la fábula. Dice Platón que él
consultó monumentos escritos en donde se daba cuenta de una
potencia
ultramarina cuyos ejércitos se dispusieron para ir a la
conquista
del Asia y de Europa, desafiando a la divina Grecia. Esos
ejércitos,
son sus palabras, vendrían del otro mundo (digamos:
América),
situado en Océano Atlántico. De esa América –
grande
como Asia y Libia unidas – “se podía pasar entonces a otras
islas
y de estas ganar el continente que se extiende delante de ellas y
bordea
el verdadero mar. Porque todo lo que está de este lado del
estrecho
semeja un puerto cuya entrada es estrecha, en tanto que lo que
está
del otro lado forma un verdadero mar y la tierra que lo rodea tiene en
verdad títulos para que se la llame continente. . .”. Para
sorpresa
de la sombra de Platón, todo esto vino a anunciarlo veinte
siglos
más tarde de Amerigo
Vespucci como una realidad.
Todo en Platón, tiene algo de extraordinario. No de otra manera
ha de calificarse el encuentro, también novelesco, en que
describe
el choque de su América con Europa, representada en ese momento
por Grecia. Es algo así como el deseado conflicto,
ilusión
de muchos de nuestros contemporáneos, que daría a
Occidente
el triunfo sobre un imperio colocado al otro lado del Atlántico.
Cada vez que se leen esas páginas antiguas se les encuentran
más
y más filos. . . “En aquella Atlántida los reyes
habían
formado una potencia grande y admirable que extendía su dominio
sobre toda la isla, sobre las islas vecinas y sobre algunas partes del
continente. Del lado acá del estrecho, de nuestro lado,
éramos
la Libia hasta Egipto, y Europa hasta el Tirreno. Un día la
potencia
de la Atlántida reunió todas sus fuerzas, y se propuso de
un golpe reducir a servidumbre a nuestro país – Europa – y a
todos
los pueblos de este lado del estrecho. Solón entonces, con su
poderío
de Atenas, hizo brillar a los ojos del mundo su valor y su fuerza. . .”
Europa, pues, bajo Solón, respondió al desafío
americano
en la primera guerra intercontinental, contuvo sus ejércitos y
ganó
en una sola batalla la libertad del Viejo Mundo. Poco después se
hundió Atlántida. Telón.
Repitiendo las expresiones de la Enciclopedia, puede decirse que no
hay espectáculo más singular en el mundo de las ideas que
el apagón de Occidente al hundirse el Imperio Romano. Un
cataclismo
como el de la Atlántida, para que lo hubiera escrito
Platón.
Llegaron los bárbaros, pusieron una lápida sobre Europa y
los vencidos quedaron moviéndose al tanteo, no
ya con la ayuda de
las ciencias para explorar el mundo en torno, sino entregados al
destino
mágico. . . legado también por Platón en la parte
fabulosa de la Atlántida.
Recorriendo hoy ruinas y museos, haciendo arqueología en lo
que aún queda o se desentierra en las viejas ciudades – templos,
acueductos, puentes, teatros, arenas, imagines de dioses y emperadores,
mausoleos de patricios y matronas romanas. . . – vemos cómo la
antigüedad
llegó a extremos de perfección en arquitectura, artes
figurativas
y abstractas, casi increíbles. De repente, vino el derrumbamiento
total. Las generaciones subsiguientes quedaron huérfanas,
ciegas,
y esclavas. Hubo el regreso a las cavernas. Y cuando en el siglo XI o
XII
otra vez se comienza a levantar templos, esculpir estatuas, pintar
imagines
de la Divina Majestad, el arte se hace primitivo, folklórico.
Las
basílicas del año 1100 son elementales y toscos
monumentos
comparados con el Partenón o los templos de Pestum y Siracusa,
las
ruinas de Bal Bek, la imponente cáscara del Coliseo o el
Panteón
romanos. Mil años – quinientos en el mejor de los casos –
obligaron
a los sobrevivientes de las invasiones a esperar. . . para comenzar de
nuevo. Quienes llegaron al final de esos siglos callados – desnudos e
ignorantes
--, o inventaban, o desentrañaban la historia de las
civilizaciones
perdidas para resucitarlas (renacerlas). Rescataron el arco y la
bóveda
romanos, buscaron libros perdidos, metieron la mano en los basureros
arqueológicos.
Eran Colones que miraban hacia atrás y descubrían un
mundo
muy viejo para ellos. La historia tiene eso de bueno: anima, estimula,
ambiciona. El recuerdo empuja.
Después de mil quinientos años se descubre a Ptolomeo
– salvado por los árabes – y los descubridores tienen la
emoción
de hallarse de repente con la imagen de la ciencia olvidada.
Platón
resucita en la Florencia de los Medici, y forma una escuela de
discípulos
aun más entusiastas que quienes le escucharon de viva voz en sus
días. Llega a su madurez el Renacimiento.
. . pero continúa el forcejeo entre la razón que
despierta
y la magia que no cede. La idea de la tierra esférica
preconizada
por Eudoxio de Cnida en tiempos de Platón, cae bajo la duda en
Salamanca
mil novecientos años después. El pobre Colón, a
quien
el sentido común hacía pensar en la esfericidad del
planeta,
abandona, en vísperas de su primer viaje, y para siempre, el
contacto
con una ciencia que España rechaza, y se encierra en la
rebúsqueda
de las Sagradas Escrituras y los libros de los Santos Padres para
encontrar
“razones” divinas o adivinatorias que le abran el camino en una
sociedad
puesta bajo el signo medieval. Si la ciencia no le sirve, que la novela
le dé la mano.
Hemos visto cómo la novela puede influir en las grandes
aventuras
de la historia. Con una novela Platón detiene las naves por
veinte
siglos y con la misma novela mantiene vivo el ideal. Grecia fue
racional,
científica y humana hasta donde pudo, y el resto lo hizo con la
imaginación. Así se hicieron diálogos, tratados,
rapsodias,
comedias, tragedias, que forman una literatura muy semejante a la de
nuestro
tiempo por los problemas que la intrigan, el espíritu curioso y
desenvuelto que la anima, la humanización de lo divino, la
divinización
mitológica de lo humano. Grecia acerca con poderosa lente de
aumento
a los Dioses del Olimpo hasta hacerlos convivir en la propia casa, en
la
vida diaria, en las salidas al campo de las doncellas, y al mismo
tiempo
proyecta figures de héroes y reyes hasta llevarlos por las nubes
a la cumbre del Olimpo. Cuando se entra en la zona del Medioevo lo que
domina de esa herencia fabulosa se resuelve en la novela mágica,
diabólica y cristiana. Mejor que novela, linterna mágica.
Desde el fondo tenebroso de la catedral, lo que se ve a través
de
los vitrales da una imagen fascinante de la teología, la
demonología,
los laberintos metafísicos. La ficción fantástica
se convierte en vidas de santos y caballeros encantados, relatos
milagrosos
de las cruzadas y las peregrinaciones.
Aún hoy es difícil que la ficción llegue a
producir
imagines tan vividas como las luchas medievales entre ángeles y
demonios. Sus monstruos y sus paraísos convierten en retablo
barroco
la mitología griega. El paso de la transparencia azul del
Mediterráneo
a la Selva Negra de la Europa Central tenía que dar estos
resultados.
Ayudaba al buen suceso de romances y poesías la receptibilidad
encantada
de la humanidad crédula, cuyos ojos estaban puestos en el
tremendo
Juicio Final. A la entrada de cada catedral se presentaba en
escultórico
realismo la escena de los muertos que levantando la losa de
los sepulcros
acuden al tribunal supremo requeridos por trompetas
apocalípticas.
Dominándolo todo, la Majestad, entre el óvalo de almendra
flamígero cuya visión está reservada a los justos
que suben al paraíso. Abajo, los forcejeos del diablo agarrando
el platillo de la balanza donde se pesan las almas, y el empeño
de San Miguel Dorado por defenderlas. Por un despeñadero, los
réprobos
certificados caen en garras de monstruos infernales. Sobre la trama de
estas invenciones, se movían los hombres contenidos por el santo
temor de Dios. El miedo estaba adueñado de sus destinos. El
novelista
trabajaba con estas fantasías, sus personajes eran santos o
demonios,
y sus hazañas quiméricas.
De lo griego tomaron los autores tradiciones como las de las Amazonas
o el reino de California. Luego vinieron las aventuras de
caballería
a insertarse en ellas. Todo esto influyó en los aventureros que
salieron a descubrir y conquistar en América, así fueran
analfabetos, pues quienes no habían leído los libros
habían
oído las historias.
Como estímulo, la novela mágica influía más
que la filosofía o la historia, no sólo para el pueblo
sino
para los mejor preparados. Puede más en la mente de un soldado
el
relato de Amadís de Gaula que un diálogo de
Platón.
El soldado eventualmente será un Hernán Cortés que
tuvo su iniciación en Salamanca, o un analfabeto puro y simple.
La inmensa mayoría de los conquistadores, altos y bajos, no
tuvieron
escuela, lo cual no les impidió llegar, como Belalcázar,
a ser grandes entre los más grandes. Pero todos sabían
las
historias, un poco a la manera griega, cuando oían cantar sus
rapsodias
al ciego Homero, lo mismo el letrado que el analfabeto. El poder de la
ciencia no fue más decisivo para Colón que las
divagaciones
de Pedro Aliaco.
Los elementos mágicos medievales acaban en un renacimiento de
los sueños de Platón. Así comenzó a
gestarse
la novela americana.
El tema de los descubrimientos es muchísimo más viejo que Colón. Nace con las cruzadas. El Oriente—que era un desperdicio entregado al olvido—toma cuerpo de manera imprevista, y Jerusalén acaba por ser una cabeza de puente para llegar al Japón. Los caballeros que se encaminaron a la liberación del Santo Sepulcro regresaron de su aventura ciertamente con su espina de la corona de Cristo, pero con perlas, canela, tapetes…o noticias de esos lujos. La fascinación asiática comenzaba…La ambición mercantil crece entretejiendo los hilos de oro de la leyenda cristiana, con los de seda que vienen de Persia, la India, el Japón desconocidos. No hay que hablar del descubrimiento de América sino de una serie de descubrimientos que van sucediéndose desde entonces, y culminan con el de la Atlántida restaurada. Este eclipsa a todos los anteriores, y las proyecciones insospechadas que ofrece dan al europeo, un papel nuevo en la historia universal.
Si muchos descubrimientos se escalonan a partir de las cruzadas, los dos mayores son, en su orden, el del Asia y el de América. En las ideas religiosas, en el arte, en el comercio, la corriente oriental es una constante histórica que penetra en mil formas al Occidente. Pero de 1492 para acá lo americano altera todo el proceso. ¿Por qué fueron tan distintas las razones que animaron los descubrimientos en Asia y en América? ¿Por qué sólo sobre América se derramó la corriente humana de los europeos emigrantes? ¿Por qué África es otro mundo—el tercero o el cuatro—que se reserva para una exploración tardía? ¿Por qué, por qué, por qué tantos interrogantes que no bien ha formulado el curioso cuando ya se le multiplican en proyección inacabable?
Lo serio para nosotros en el descubrimiento del Asia es la idea que deja de que América debe ser como Asia. Colón navega en busca de esa Asia y Europa trata de acercarse a esas otras Indias. Con sus monstruos y su riqueza.
El Colón del descubrimiento de Asia fue otro italiano: Marco Polo. Con sus naturales diferencias: Colón de Génova, Marco Polo de Venecia. Y con sus naturales semejanzas: genoveses y venecianos, a cual más mercader, con abundante participación en las cruzadas, y en la fundación de colonias para sistematizar el comercio.
El fulgurante Imperio Bizantino, el Oriente dorado, eran para venecianos y genoveses el imán que azoraba sus brújulos impulsos. Por orden lógico, Asia ocupa el primer término en la historia del comercio. Es el turno de Venecia que mira hacia el Oriente. Para explicarnos a Colón hay que partir de Marco Polo. El descubrimiento de Asia tiene una anterioridad de dos siglos y medio. La distancia entre las fechas de los dos descubrimientos muestra la lentitud en el avance. Entre Marco Polo y Colón habría que considerar a don Enrique el Navegante. Portugal, con él, tiende el lazo sobre el África. Pero don Enrique seguía mirando hacia el Oriente, de espaldas a América.
Cuando nació Marco Polo, el Asia era un misterio, aunque nadie ignoraba su existencia. El comercio estaba sobre la pista de la pimienta, la canela, la nuez moscada, los marfiles, las perlas…Sólo que tanto el Asia como Europa se movían dentro de su propia esfera de acción. Eran dos mundos separados por una cortina que nadie tenía interés en levantar. Había intercambio comercial, y aun hubo cismáticos cristianos, que siguieron a Néstor y formaron, detrás de la cortina, una izquierda de la Iglesia. Fue la avanzada cristiana sobre la China: el puente en potencia. Pero cada cual respetaba la frontera de siglos.
Tan neta era esta división de las dos esferas de poder que todo estímulo para un reconocimiento geográfico quedaba congelado. El Asia era para los asiáticos, cuya civilización era admirada por presentimiento más que por información segura. El descubrimiento empieza con los precursores de Marco Polo. Fray Giuliano de Hungría informó en el siglo XIII de una posible invasión a Europa y de concentraciones militares de los tártaros en la frontera. La noticia llegó a oídos del papa Inocencio IV. Federico I promovía entonces una guerra cuya consecuencia inmediata seria debilitar el poder temporal de la Iglesia. Inocencio convocó a concilio extraordinario, excomulgó a Federico, propuso la unión europea para defenderse de los tártaros y envió a Fray Giovanni de Perugia como embajador ante el soberano tártaro. Fray Giovanni hizo un recorrido de los países detrás de la cortina y escribió en 1247 un libro – Historia Mongolarum. Es el antecedente directo de Millón de Marco Polo. Según Leonardo Olschki – erudito biógrafo de Marco Polo – es el libro de viajes que inaugura en Europa ese género literario.
El libro de Fray Giovanni describe los monstruos que poblarán la geografía fantástica posterior. Habla él de los cinocéfalos (hombres con cabeza de perro) y de los monopiés “relegados como otros monstruos a las regiones del Ártico, más allá de toda experiencia personal y humana”. Fray Giovanni se entera de ellos por los relatos que le hacen en la corte del emperador Kuyuc. Monstruos aparte, el libro abunda en informaciones precisas, realistas.
Dentro de la idea del descubrimiento del Asia, no entraba en los cálculos del papa su conquista, ni semejante ambición movió a los otros soberanos. Se trataba sólo de fortalecer la línea de defensa de los cristianos para prevenir cualquier invasión. Los mercaderes verían la posibilidad de algún intercambio y es ahí donde nace el interés de la familia veneciana de los Polo, cuyo miembro más destacado viene a ser Marco. Marco Polo pasó veinticinco años en el interior de Asia sin haber llegado al Japón. Recibió honores del emperador de la China, a quien sirvió de embajador y gobernador. El gran Kan no vio en él un eventual espía, ni un enemigo. De regreso de esta experiencia sin precedentes, Marco Polo confía sus recuerdos a un compañero de prisión, de donde resulta El Millón, el reportaje más fascinante que jamás se hubiera leído en Europa sobre el mundo oculto detrás de la cortina. El veneciano murió 168 años antes del primer viaje de Colón.
La literatura de viajes que inician fray Giovanni y Marco Polo no podía ser más estimulante. China e India, según Marco Polo, con sus grandes ciudades, papel moneda, imprenta…dejan la imagen de civilizaciones superiores. Hábil para aprender lenguas exóticas, de fácil trato, cortesano, Marco Polo conoció Chan-Si, Se-tchuán, Tibet, Karakorum, Cochinchina, Sumatra, Ceilán…y muchedumbre de animales, plantas, piedras…sin contar príncipes, campesinos, comerciantes. En El Millón se da la primera noticia del petróleo de Bazú, notable como combustible y de propiedades medicinales. Del oro refiere su existencia a las minas del Japón, que no visitó. Ese Dorado lo buscó Colón.
Al Oriente por el Comercio, a América por la Conquista
La brecha abierta por Marco Polo fue aprovechada durante dos siglos por los más diversos exploradores. Casi contemporáneo con Marco Polo fue fray Giovanni de Mont-Corvin, italiano, que visitó Persia, India, y China y acabó estableciendo iglesia cristiana en Pekín. Un franciscano, italiano también, Odorico de Persenone, llegó a China. Dice que bautizó ¡a 30.000 infieles! El marroquí Ibn Batuta salió de Egipto y visitó Irak, India, Pekín. Tras estos evangelizadores y curiosos iban los comerciantes. Los italianos tuvieron agentes, cónsules, depósitos, flotas para atender la creciente demanda de canela, pimienta, clavos, nuez moscada, perlas, ámbar, azúcar, que ávidamente solicitaba el comercio europeo. Se empezó por la reconquista del Santo Sepulcro y se terminó vistiéndose las cortes y los grandes señores de sedas y brocados. Todo, manteniéndose el misterio de esos imperios fabulosos que se tuvieron por siglos a distancia respetable, como quien está en presencia de un tigre de Bengala.
Una ciudad como Florencia fue desarrollando el comercio concentrado en manos de la corporación de los médicos y traficantes en especias, con los ojos puestos en el Oriente. Desde antes de las cruzadas, la pimienta era, de antiguo, una de las bases de la medicina y el refinamiento de la comida. “No sólo le daba prestigio a la mesa de los ricos y de los laicos distinguidos, como recuerda San Pier Damiani, sino que hasta los asteros monjes camaldulenses, según la constitución del año 1080, podían adquirir dos libras al año para darle gusto a la comida del convento. Tan apreciada era la pimienta, que los florentinos no vacilaban en hacer con ella regalos al rey y a los embajadores, junto con otras especias…Se daba pimienta en pago de mercancías, como tributo y en pago de arrendamientos. Parte de la deuda contraída por Génova con los comerciantes florentinos en 1154 fue pagada con pimienta, palo brasil, algodón, añil, incienso y alumbre. El florentino Ghino de Ugolini Frescobaldi prometió dar una libra de pimienta al año para la fiesta de Todos los Santos en pago del canon de arrendamiento de unos terrenos. Desde comienzos del siglo XIV, es decir desde la época a que remonta el más antiguo estatuto de la corporación de los médicos y especieros, encontramos adoptado el uso de ofrecer a los cónsules y otros oficiales de las corporaciones de artesanos florentinos, como indemnización por el cargo, pimienta, canela, azafrán y otras especias muy preciadas, costumbre válida aun para otras ciudades que las ofrecían a emperadores, príncipes, papas, monasterios, particulares y aun a los soldados victoriosos como parte de su botín de guerra…”3
Como se ve, desde antes de las cruzadas, las especias que venían de Oriente tenían un lugar prominente en el consumo local, y no sería extraño que quienes se enrolaban en la guerra santa, al lado de la empresa que les aseguraba el cielo, encontraran el complemento natural de acercarse a los lugares de donde venían esos condimentos que mejoran la vida en la tierra. Las cruzadas, en efecto, incrementaron el comercio, y cuando Marco Polo refiere cómo la pimienta se cultiva en toda la India, y la canela en el Ganges; que el mejor alcanfor del mundo venía de Sumatra (se vendía a precio de oro), y que la nuez moscada hacía las fortunas en Java…está indicando las rutas que tomaría el comercio medieval.
Buscando en América el palo brasil que llegaba antes de Oriente, Brasil vino a llamarse media América del Sur…
Florencia se adelantó en el desarrollo de la burguesía a muchas otras repúblicas, y sobre todo acabó por convertirse en el centro intelectual que sería la flor de los siglos, pero en una Florencia tierra adentro, sin flota propia, que transportaba sus mercancías en las naves de pisano, genoveses, venecianos, napolitanos, sicilianos, provenzales. En Constantinopla los genoveses tenían su colonia en el centro de la ciudad, con depósitos, bancos, tiendas, y cuanto era necesario para los compradores, vendedores, y transportadores. Pero donde difiere sustancialmente el trato con Oriente, del giro que se dio a la conquista de América, está que en allá no hubo conquista. “El comercio entre occidente y los países productores de especias, perfumes y aromas no se hacía directamente por los cristianos de occidente—los cuales, salvo raras excepciones, se reducían cuando más a hacer algunas jornadas de camino por las costas del Mediterráneo, el Mar Negro o el Mar Caspio—sino que lo hacían otros pueblos: los persas en tiempos del imperio bizantino, los árabes después de su expansión en los tres continentes entonces conocidos, los mongoles, sobre todo después de su conversión al cristianismo, y aun algunas tribus tártaras. Los puertos de Trípoli, Beirut, Tiro y Acra eran cabeza de las numerosas estradas que partían a Jerusalén y Damasco. Jerusalén era estación obligada de todos los peregrinos que regresaban de la capital del mundo islámico, y vendían en aquella ciudad los productos que del Oriente llegaban a través del mar Rojo y el puerto de Dieddah…”
Casi cinco siglos duró este intercambio en que sin reserva alguna y juntándose en ciertas ciudades cristianos, mahometanos o lo que fuera, el negocio se hacía sin propósito de conquista. ¿Qué ocurre, en cambio, con el descubrimiento de América? No bien se abre la navegación del Atlántico, Europa se vuelca sobre el Nuevo Mundo. En cuarenta años se explora desde el Labrador hasta el estrecho de Magallanes; los conquistadores ignoran las civilizaciones indígenas, afirman el derecho de conquista, queman templos e ídolos, imponen la religión de Cristo. Tras las naves de bandera castellana llegan las de Portugal, Inglaterra, Francia, Holanda, Dinamarca. En las expediciones se encuentran italianos, griegos, alemanes, polacos…Se penetra por los grandes ríos al interior, en el norte o en el sur: Amazonas, Mississippi, Orinoco, el Plata, el Magdalena…Se escalan los Andes, se contornea el Pacífico, se cruzan selvas y desiertos, se catalogan cientos, miles de islas, se desafían las soledades de las pampas, los páramos, la jungla. Movidos por frenesí aventurero no van los exploradores solitarios, sino muchedumbres de europeos embrujados por la huidiza tentación de los Dorados. Acabaron por seguirlos las mujeres. Entre todos, los españoles superaron en audacia a los demás: ¡ellos, que hasta la víspera parecían los menos andariegos de Europa! No se habló más de descubrimiento sino de conquista. En el Nuevo Mundo podían estar tan bien plantados aztecas o incas como los chinos en sus capitales. No importaba. Los arrollaron. Los sometieron. Un deseo de apropiarse de la tierra, el agua, el aire, despertó no se sabe qué ambiciones dormidas. Balboa entró al Pacífico hasta que el agua le llegó a las rodillas, y tomó posesión del mar a nombre del rey de España. Había que europeizar, cristianizar, culturizar – a la manera bárbara de cada cual – las diversas comarcas que fueron colocándose, una a una, bajo las banderas de España, Portugal (con la bendición del papa); Inglaterra, Francia. La empresa fue tan espectacular, que ya no volvió a hablarse de los descubrimientos, sino del descubrimiento. El de América hace que el del Asia se pierda en la bruma como un cuento chino, árabe, hindú…Se perdió, en el fondo, la esencia de lo que es descubrir (conocer, revelar, saber del otro) para tomar la actitud del conquistador.
El resultado apenas si lo vemos, siendo tan claro, deslumbrante, resplandeciente. Hoy hay más descendientes de europeos en América que en la propia Europa. Más hijos de españoles que en España, de portugueses que en Portugal, de italianos que en Italia, de ingleses que en Gran Bretaña, de irlandeses que en Irlanda. Habría que verificar si lo mismo podría decirse de israelíes, polacos, griegos, alemanes, noruegos, suecos, daneses, holandeses, árabes, finlandeses. Tres lenguas, cuando menos, han encontrado en el hemisferio americano su mayor ámbito de difusión: español, portugués, inglés. Las capitales modernas del español y el portugués se han trasladado a América, y del Webster y la Enciclopedia Británica en adelante, el idioma inglés se desenvuelve con mayor velocidad y riqueza de palabras y conocimientos en América que en Inglaterra.
No ha sido sólo el traslado físico de muchedumbres de gentes para ocupar las tierras del nuevo mundo el resultado esencial del cambio. Con ellos han caminado, como productos de la cultura europea, idiomas, religión, leyes, ideas. No en vano, desde el comienzo, se acuñó una geografía de renacimiento con nombres como estos: Nueva España, Nueva Inglaterra, Nueva Francia, Nueva Escocia, Nueva Sucia, Nueva Ámsterdam, Nueva Granada, Nueva Galicia, Nueva Andalucía, Nueva York, Nueva Orleáns, ¡Castilla de Oro! Y ciudades que se duplican en el Atlas: Cambridge, Granada, Trujillo, Mérida, Córdoba, Valencia, Harlem, Santiago, Sevilla, Roma, Itaca, Atenas, Segovia, Salamanca…
Lo más notorio de esta evolución es el cambio de velocidad. Lo que no se hizo en cinco siglos sobre el Asia, en medio se consumó en América. Un mundo que estaba quieto, contenido, se anima de repente. España necesitó siete siglos para conquistar las tierra que los árabes habían ocupado en la península, y entre 1492 y 1542 devoró tierras varias veces más extensas que las de Europa. Lenta ha sido Europa para aceptar ciertas ideas (Copérnico, Galileo, Descartes…) dentro de su territorio. La velocidad ocurrió del otro lado del Atlántico. Pero los hechos, los hechos populares, fueron más decisivos que las ideas, hubo un cambio de horizonte, se movilizó la masa y solo faltó hablar de una Nueva Europa, dentro de Europa misma. Si no se dijo, fue notoria la transformación que por América tuvo Occidente. Podría preguntarse dónde, de veras, ocurrió lo del Nuevo Mundo que surgió en el XVI. ¿Del lado occidental del Atlántico, o en una Europa que despertaba a otra vida y orto destino, y que hasta la víspera no era sino un Viejo Mundo?
Notas al Capitulo 1
1 Las palabras de Vespucci dan la medida de su
revelación:
“En días pasados os escribí sobre mi vuelta de aquellos
países,
los cuales hemos buscado y descubierto con una armada hecha a expensas
y por mandato del serenísimo rey de Portugal, los cuales me sea
lícito llamar Nuevo Mundo … Conocimos que aquella tierra no era
isla, sino continente, porque se extiende en larguísimas
playas
que no la circundan y está llena de innumerables habitantes … Yo
he descubierto el continente habitado por más multitud de
pueblos
y animales que nuestra Europa o Asia o la misma África, y
hallado
que el aire es más templado y ameno que en otras regiones por
nosotros
conocidas … De este continente, una parte está en la zona
tórrida
más allá de la línea equinoccial, hacia el polo
Antártico,
ya que su principio comienza a los ocho grados más allá
de
ese equinoccial …”
2 Muy agudamente, Stefan Zweig explica así el
impacto producido por las noticias del Nuevo Mundo (En Amerigo, a
comedy
of errors in history): “El éxito inmediato de la carta de
Vespucci
no consistió precisamente en la carta misma, sino en el
título:
Mundus Novus, dos palabras, cuatro sílabas que revolucionaron la
concepción del cosmos como nada antes lo había hecho …
Hay
palabras, pocas pero decisivas, que hacen del Mundus Novus un documento
memorable: son la primera declaración de independencia de
América.
Colón, hasta la fecha de su muerte, quedó ciegamente
envuelto
en el error de que, habiendo descendido en Guanahaní y en Cuba,
había puesto la planta en la India, y disminuyó con esta
ilusión el tamaño del globo ante los ojos de sus
contemporáneos.
Sólo Vespucci, destruyendo la hipótesis de que este nuevo
país fuera la India e insistiendo en que era un continente
nuevo,
dio las dimensiones que han quedado en pie hasta hoy …” En
contraste
con estas líneas de Zweig, recordemos las de Emerson:
“Extraña
que toda América deba llevar el nombre de un ladrón,
Amerigo
Vespucci, negociante de conservas en Sevilla, que salió en 1499
como subalterno de Hojeda, y cuyo puesto más elevado en el
escalafón
naval fue de segundo contramaestre en una expedición que nunca
se
dio a la vela, pero quien se dio trazas para suplantar en este mundo
mentiroso
a Colón, y bautizar la mitad del globo con su propio nombre de
embaucador
…” Naturalmente, Emerson lo ignoraba todo en este punto, y en esa
ignorancia
hay que buscar la disculpa a cuanto dice en tan pocas líneas.
3 Informaciones tomadas de L’Arte dei Medici e Speziali
nella storia en el comercio florentino, de Raffaele Ciasca (Firenze,
Olschki,
1927), riquísimo estudio de la época.
Nicholas Moss Kathleen McDermott
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Literaturas y culturas hispanoamericanas
desde la conquista/Colonia hasta la
Independencia
Profesor: Dr. Luis Correa-Diaz
Ayudante: María del Puig Andrés